Dos maratones en un mes

Maratón de Madríd,

. . . Por segundo año, eres mía.

Una semana antes de ir a Roma a correr la Maratón del 7 de Abril, pensé que quizá era muy arriesgado apuntarme también a la Maratón de Madrid. Después de todo… 20 días de diferencia entre ambas, era una absoluta locura.

¿Pero acaso no he dicho mil veces que estoy loca?

Lo cierto es que como siempre, no pensé, solo sentí. No podía ni quería, perderme el gran día de Madrid. Correr en casa.

Pensé en quien quería ser en ese kilómetro decisivo. He corrido la Media Maratón muchas veces, de hecho los 21 km son mi distancia favorita. Hubiera sido también algo increíble, si.  Sin embargo, sabía que me arrepentiría sino afrontaba de nuevo, el gran reto.

¿A quién quería engañar?

En mi interior, aunque lo más consecuente y responsable tras el Maratón de Roma, habría sido optar por los 21 km, mi corazón ya había elegido correr los  42.

Las elecciones que hacemos en nuestra vida, son las que nos definen.

Normalmente no suelo elegir el camino fácil; esta vez no iba a ser diferente.

Llegó el día.

Amanece 27 de Abril, corremos en Sábado. Ambientazo madrileño, corredores calentando, se respira Maratón a cada paso.

Aún hoy puedo notar el cosquilleo en mi estómago, la piel de gallina, la emoción inmensa de enfrentar un nuevo sueño. Piernas temblorosas, cargadas de ganas, preparadas y aparentemente recuperadas tras Roma.

El corazón como debe estar, en estado APASIONADO.

Sonrío y no sólo con la cara, sino con el alma. Cierro los ojos feliz, con incertidumbre por cómo se desarrollará la carrera, pero plena porque estoy exactamente donde quiero estar. Miro a mi lado, vuelvo a sonreír. Porque mientras otros llevan geles, yo llevo algo mejor, como fuente de energía: a mi gente. Incondicionales.

Los que serían y son, el gran impulso que siempre me hace compañía. Y aunque este año me faltó Miki, y Clara; no importó, iban trotando conmigo en cada latido del corazón.

Llegó el momento, cruzamos el arco de salida. Los primeros 17 km los compartiría con Esther y Diego, la primera Media Maratón para ambos. Por el tema de ser fieles cada uno a su ritmo, Diego se quedó un poco más atrás, trotón y a paso continuado. Dejó a las dos locas que fueran un poco más deprisa 🙂

Tras el primer escenario, en la primera cuesta, allí estaba esperándonos por sorpresa nuestro coach, Berni incondicional. Quien nos apoyó con llamadas durante la carrera, con consejos, palabras de aliento que personalmente, conseguían transmitirme paz y tranquilidad, a pesar de ser un huracán de emociones por dentro.

Pasan los km, fáciles, disfrutones, Madrid vibrando de ilusión.

Pero esto acaba de empezar” 

En el km 17, ese que visualizaba en mi cabeza, se bifurcan los caminos. La media maratón continua de frente rumbo a meta, tan sólo a 4 km. La maratón gira a la derecha. Todavía queda mucho por recorrer, pero supe entonces que no me había equivocado. Hice la elección correcta. Sonrío en ese momento, sabiendo que no deseo estar en otro momento, ni en otro lugar:

Justo ahí.

Entonces me concentro. Empieza otra carrera, en solitario. Yo junto a Cabeza, Corazón y Cuerpo preparado para la fatiga que le espera.

“Si fuera fácil, no sería tan glorioso”

Eso es lo que me digo a mi misma, cuando empiezo a acusar cada cuesta cada vez más.

Llega Ferraz horrible y sin piedad.  Y mientras esperaba la aparición de mis dolores conocidos durante la preparación, sóleo, peroneo, o la rodilla izquierda… estos fueron sustituidos por un dolor extraño y fortísimo en el gemelo, que ya no se iría en toda la carrera. A la entrada de Casa de Campo llegando al puente del Rey, el dolor era intensisimo.

Era ya la tercera vez que veía a mi Madre y Alejandro en la carrera, pero esta vez yo ya no iba tan sonriente.

Es curioso: El dolor no te afecta tan solo al cuerpo, sino que ese sufrimiento, llega a tu mente como un rayo, cegando tu juicio, abandonando esa lucidez del principio, difuminando tu sueño de llegar hasta el final. Tu mente te traiciona, gritándote que ya no puedes más, que deseas con todas tus fuerzas… parar.

Qué gran lucha con uno mismo. Incluso narrando esto ahora, se me hace un nudo en la garganta.

Si, una gran lucha, la más difícil. 

El dolor no te deja pensar y lo peor, es que tu tienes la clave para que ese dolor termine: tan fácil como parar. Parar de correr.

Entonces oyes tu corazón. Ese que late, ese que sigue ahí, bombeando bien fuerte. Recordándote por qué estás ahí, y por qué no vas a rendirte. Diciéndote que es tu momento, que es su momento. El del corazón. Ese que va a poner fin, a la lucha entre cuerpo y mente, con su imparable fuerza de voluntad.

¿Lo mejor? Es que la vida es inesperada. Y siempre tiene algo preparado para ti, más allá de tu control.

Hace unos años tuve un amigo muy especial, Alex, con el que compartí miles de aventuras, sueños y experiencias, algunas que conté por aquí. Por muchas circunstancias, quien sabe, sentimientos, algunos encontrados y otros perdidos… nos distanciamos. Aunque siempre manteniendo el cariño y recuerdo mutuo, ese que por suerte, jamás nos abandona, cuando algo fue realmente importante en nuestras vidas.

Os cuento esto, porque volviendo al relato de esta carrera, en ese momento duro en el que mi cabeza me estaba traicionando, con la parte más dura del recorrido y el temido muro por delante, de repente… le veo.

Después de tanto tiempo, allí estaba Álex. Me sonrió, le abracé fuerte y al igual que dos años atrás, cuando éramos inseparables, esta vez fue él, quien se metió conmigo en la carrera.

Hablando y poniéndonos un poco al día, recorrimos unos kilómetros, convirtiendo el tramo más duro, en uno de los más emotivos. Y así, dejamos nuestra huella en la arena de Casa de Campo, como las miles de veces que hemos corrido juntos en el pasado, dejaron huella en nuestro corazón.

Nos despedimos, con un abrazo y un hasta pronto y seguí corriendo, agradeciendo las “piedras” tan bonitas que se cruzan en nuestro camino. Pensando de nuevo que la vida es como una gran carrera. Que si por suerte, es lo suficientemente larga, te enseña que todo tiene su sentido. Cada momento, cada persona, cada pequeña o gran decisión. Cada punto es como un km, que conecta con otro, dando sentido a un TODO que hasta pasado un tiempo, analizándolo con distancia y perspectiva, no alcanzas a comprender. Por eso hay que tener paciencia, seguir corriendo.

Corriendo los maravillosos kilómetros de tu vida.

Esta reflexión tan profunda, me llegó en el kilómetro 40.

Miré al cielo emocionándome de nuevo. ¿Cuantas veces me había emocionado ya? Había perdido la cuenta. Ya quedaba poco para conseguir el sueño y en ese momento ya no tenía rastro de dudas: lo iba a conseguir.

Suena el móvil. Últimas palabras de apoyo. En meta, me estaban esperando y no quería llegar tarde a la cita.

Me di un poco más de prisa y no sé ni como, subí el ritmo.

Giré entonces la calle y allí estaba: llegó la ansiada recta final.

Por fin cruzo el arco de meta.

Y entonces lloré, lloré y lloré.

Ya eres mía por segunda vez, dura y apasionante Maratón de Madrid.

Y no solo mía, sino de todas las personas que hicisteis posible que lo lograra.

De   mamá

De   Esther

De   Diego

De   Berni

De Alejandro que estaba detrás de la cámara

En definitiva…

De   todos los que hacéis maravillosos, los kilómetros de mi vida.

42mil gracias


En este post como siempre, he intentado ser fiel a todo lo que he sentido en estos meses tan especiales y significativos para mí, compartiéndolo con todos los que pasan por aquí a leerme, por si alguien tiene miedo a enfrentarse a su reto, o se pueda sentir identificado. Es precioso recibir vuestros mensajes incluso vuestras dudas y que de alguna manera mis palabras, os puedan ayudar.  Pero reconozco que es difícil narrar todo lo que sientes al cumplir un sueño como un Maratón. Sobretodo cuando lo vives y sufres a partes iguales, en cada poro de tu piel. Por eso si tengo que dar un consejo es que si queréis saber qué se siente al hacer algo: simplemente hacedlo. Porque cada sensación es tan intensa, única y personal, que es casi imposible de describir.

El huracán de emociones que te invaden y cambian todo de un momento a otro, te hacen crecer, evolucionar, llevándote a conocer nuevas facetas de ti mismo, cosas que ni imaginaste que eras capaz de lograr, llevando tus límites a un horizonte desconocido.

Por mi parte, sólo puedo decir que de momento, nada supera esa ilusión inmensa que siento en el momento antes de empezar una carrera. Lo saben quienes me acompañan, me vuelvo hiperactiva 🙂

 

: La ilusión irracional de un niño, el polvo de hadas de Campanilla… o eso que llaman    felicidad.

Las sonrisas y las lágrimas más sinceras y profundas de mi vida han sido corriendo. Todo lo que he superado y fracasado en mi vida, han ido de la mano en cada carrera. Por eso desde que soy entrenadora personal, el objetivo que me mueve no es “entrenar”, sino que esa persona descubra realmente ese “algo” ese “objetivo, meta o sueño” que le mueva, que le haga vibrar, que le de identidad, que le haga feliz. Porque todos somos buenos en algo; es más, no tenemos por qué ser los mejores, de hecho yo no me considero buenísima runner, ni en ritmos de carrera, ni en técnica, pero sí en pasión.

Porque todos tenemos pasiones, a mi me gusta encontrarlas en los demás. En vez de “cazatalentos” me gusta llamarlo “cazapasiones” Buscar esa profundidad en el conocimiento de uno mismo y lo que sueña; eso que de sentido real a sus vidas, alcanzando esa felicidad efímera y gloriosa, que todos buscamos… y muy pocos encontramos.

Porque podemos, porque puedes cumplir cualquier sueño, si sabes cuál es. Y no te pongas unos límites, que ni siquiera sabes si existen.

Hace unos años, jamás hubiera imaginado, que me apasionaría  correr.

Hace unos años, jamás hubiera imaginado, que sería capaz de correr un maratón.

Hace unos años, jamás hubiera imaginado,, que sería capaz de correr dos maratones… y que lo haría en el mismo mes.

 

Por eso..

Nunca digas, nunca jamás.

Ni siquiera Campanilla, en el país de Peter Pan.

 

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